Mi vuelo a Colombia en medio de baños de Avión.

Mi vuelo a Colombia en medio de baños de Avión.

Para llegar a mi país de origen, Colombia, desde donde vivo, Hungría, es toda una travesía. Esta empezó hace más de tres meses cuando encontré pasajes económicos para viajar durante el cumpleaños de mi mamá, de esas promociones que parecen demasiado buenas para ser realidad, pero cuando entras a la página dices “es ahora o nunca”. Así que los compre y me empece a prepararme mentalmente para volver a la tierra que me vio nacer. 

Un día antes de la “hora 0” tuve que irme en bus hasta Viena, ya que la promoción solo era válida si salía desde esta ciudad, así que a las horas de vuelo agréguele tres horitas más de carretera y gracias a dios eso de los trancones (atascos) no me ha tocado por aquí. A parte tuve que irme un día antes, y gracias a mi mamá dormí en un hotel cómodamente en lugar de una sala de espera en medio de un aeropuerto. Por cierto, Hotel Moxy por si algún día lo necesitan, súper recomendado!

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Todo estaba listo: una maleta de bodega y una de mano, una mochila con artículos personales, un libro y un outfit cómodo para que las 15 horas de vuelo no fueran tan tediosas. Sonó mi alarma a las 4am luego de media hora de sueño ya que los nervios no me dejaban dormir, me bañe aliste y allí empezó todo. Un dolor en la parte baja del estómago, como cólicos con retorcijones, como amasado pan y golpeando a un saco de boxeo sin parar: en este caso mi vejiga era el saco donde todo mi cuerpo estaba boxeando aparentemente. Infección urinaria o cistitis, he sufrido de esto mucho tiempo, pero porque tenía que darme justamente hoy a pocas horas de embarcarme en un avión vía a atravesar el atlántico en busca de calor tropical.

Tome agua, cerré los ojos, respire y espere sentada en el inodoro hasta el último minuto para salir corriendo hacia el aeropuerto, gracias a Dios, a pocos metros del hotel. Y como sí de una película de comedia se tratara, salí del hotel para encontrarme con un suelo blanco lleno de nieve y yo preparada para ignorar el dolor y las ganas de orinar, y correr arrastrando dos maletas hasta el counter de AirFrance.

Ya con mi pasabordo en mano y liberada del peso de mi maleta de bodega respire un poco de tranquilidad, al menos la maleta iba a llegar a Colombia. Decidí entonces, con la sabiduría de la auto medicación (no hagan esto en casa), ir a la droguería y comprarme algo, lo que sea, para la cistitis. Salí de allí con unas pastillas rosadas, aparentemente el extracto de alguna fruta y hierbas a juzgar por los gráficos de la caja y con las instrucciones de la farmacéutica de tomarme dos pastillas por tres veces en el día. Allí mismo: dos pastillas, agua y fondo blanco.

Todo iba bien, a decir verdad, todo iba perfecto. Tuve un pequeño impase en seguridad por la botella de agua que deje en mi equipaje de mano y tuve que tomar de ella delante de seguridad, no fuera alguna sustancia peligrosa, además de un examen químico por toda mi ropa y aquellos que han viajado con pasaportes como el colombiano entenderán que ya me imaginaba yo horas en un cuartico blanco, pero solo quedo en mi imaginación.

Aquí un pequeño consejo: si usted viaja desde el aeropuerto en Viena, hágase un favor y vaya temprano porque es GIGANTE, no va y sea se pierda entra salas y salas.

Orine en todos los baños de la sala de espera. Muchos me miraban, aunque he de decir que la capacidad de los europeos de chismosear la vida del otro no es tan grande, pero, aun así, calcule mi estado que varios quedaron viendo mi travesía del baño a la puerta que se repetía cada cinco minutos.

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Finalmente, entre al avión, me senté, cerré los ojos y le pedí al universo que no tuviera que ir al baño durante ese vuelo. Este era mi trayecto corto, tan solo una hora y media de Viena a Paris.

Paso todo volando, comí un poco, leí el libro que llevaba a la mano y el dolor no apareció, creí que se había quedado en Viena en alguno de los baños esperando por mí. Aterrizamos en Paris, el avión demoro mil horas en parquear y yo ya estaba sobre el tiempo para hacer mi conexión. Salí corriendo, pasando encima de las personas, buscando desesperadamente mi sala de abordaje, solo tenía 30 minutos. En las pantallas no salía nada de vuelos con destino Bogotá, la busque por hora, número, destino y nada. Así que bendición y hágale a la sala que por intuición creía que era.

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Corrí hasta inmigración, verdad que tengo que salir de la zona Schengen, obtuve mi sello de salida y corrí con las fuerzas de mi alma a través de corredores llenos de turistas tranquilos. En una de las cintas transportadoras por donde pasaba pidiendo permiso en el idioma que saliera de mi boca me encontré con uno de estos turistas, un chico moreno mirando a lo lejos los aviones pasar, y yo en medio de mi desespero lo mire y le grite “o te corres para un lado o corres conmigo, tú decides” bueno él decidió correr, así que ya nos tienes a los dos corriendo por la cinta transportadora hasta el final donde me sonrío y me grito “good luck”.

Finalmente, sala de embarque con destino a Bogotá, todos hablando español, un paisa enfrente mío contándole a alguien por teléfono lo bello que era París y una fila sin forma en donde me quede esperando a entrar.

Despegamos, le dije adiós a Europa por ahora y empezaron los asistentes de vuelo a rotar comida por todos los puestos. Yo sin dolor aparente decidí tomarme las otras dos pastillas ya que de algo habían servido, mi peor error. Una hora luego que la comida fue servida y todos estaban tranquilamente sentados empezó mi dolor intenso, mis ganas salvajes por ir al baño y mi impotencia al ver como orinaba dos gotas y mi estómago se retorcía dejándome sin aliento en medio del olor a poco limpio y muy encerrado de un baño de avión que volaba sobre el atlántico en esa tarde de enero.

 

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Mi cara cuando el vuelo estaba por terminar. 

Lloré sola en un baño donde no podía ni siquiera dar la vuelta tranquilamente, me encerré allí durante más de cinco horas seguidas mientras las azafatas pasaban sonreídas y preocupadas por la chica que tenía bloqueado uno de los pocos WC del avión. Gracias a una de ellas conseguir un litro y medio de agua que tome en medio de la antisepsia del sitio sin preocuparme por bacterias porque el dolor era suficiente para ocupar mi cabeza. Todos en el vuelo supieron que algo pasaba con la chica que iba de un baño a otro y se encerraba en cada uno al menos por una hora. Y finalmente cerca de media hora antes de aterrizar en Colombia, mi tierra querida, pude descansar en paz en mi silla sin ganas de orinar ni dolor. Mi compañero de asiento, un asiático que no hablaba nada de inglés o español me contó con señas que era su primera vez en este país y al ver su asombro cuando Bogotá se iluso entre medio de montañas comprendí la belleza que nunca vemos cuando vivimos allí pero que apreciamos tanto cuando nos vamos.

Salí del avión, no sin antes agradecerles a todas las azafatas que me ayudaron con agua y más agua. Pasé inmigración donde por fin escuchas ese acento con el que creciste y que te dice “bienvenida a Colombia” y finalmente salí para reencontrarme con mi papá luego de más de un año de no verlo.

Mis conclusiones de un vuelo terriblemente feo es que nunca se auto mediquen, si se sienten mal en medio de un avión cuenten a los asistentes de vuelo, y tomen todo como una experiencia que lo hace crecer. Lo bueno que saque de todo esto: ¡mi pánico a los baños de avión ha sido superado!

Y ya lista para disfrutar de Colombia y todas sus bellezas por un mes me despedí del Aeropuerto el Dorado y dejé atrás los baños que fueron mis compañeros de vuelo.

Quiero agradecer profundamente en este post a AirFrance y toda la tripulación que estuvo en el vuelo de Paris a Bogotá el 23 de enero: sin su ayuda todo hubiera sido peor, gracias. 

 


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